Aunque tenga púas, quiéreme
Los adolescentes
necesitan sentir el amor incondicional de sus padres
Ana T. Jack 22/03/2017
05:00
«Me siento tan fuera de lugar, tan inferior, tan mediocre.
Me fijo en los que me rodean y los estudio: la gente, las fotos de las
revistas, los actores, todo el mundo. Y voy apuntando mentalmente todas las
cualidades que me gustaría tener. En cada persona observo algo que yo no tengo
y me torturo por ello. La inseguridad me ha convertido en una persona deprimida
y sin esperanza. Tengo sobrepeso. Mi pelo es un desastre. Mis cejas son
distintas entre sí. Mis pestañas crecen en todas direcciones. Mi nariz es
grande. Incluso mi madre admitiría esto último, porque tiene la misma nariz,
aunque la suya no está tan mal». El que así habla es un adolescente cualquiera,
que con toda probabilidad además de los inevitables cambios físicos ha sufrido
importantes cambios psicológicos. De ser un niño alegre y cariñoso puede que se
haya convertido en un joven arisco, malhumorado, inseguro, que no sabe lo que
quiere. Antes, a su paso, iba provocando sonrisas. Ahora solo ve adultos tensos
ante su presencia, que siempre le llevan la contraria y le intentan dar
consejos: «Te estás metiendo en problemas», «Deberías estudiar más», «Luego no
digas que no te avisé», «¿De verdad piensas salir a la calle con esa pinta?»,
«Si me vuelves a contestas de ese modo te echaré de clase», «¿No te das cuenta
de que por ese camino no vas a ninguna parte?». Ante este panorama ha decidido
encerrarse en sí mismo y cubrirse de pinchos, como un erizo. A ver si así lo
dejan en paz. «¡Atrévete a acercarte!», es su mensaje.
Pero si eres su padre o su madre deberías hacerlo:
acercarte, intentar escucharle, empatizar, hablar con él, tener paciencia,
mirarle, abrazarle y besarle. Aunque parezca que no le gusta tu proximidad. Hay
estrategias para conseguirlo y los resultados merecen la pena. Lo explican muy
bien Brad Wilcox y Jerrick Robbins en el libro Cómo abrazar a un erizo. 12
claves para conectar de forma positiva con los adolescentes, publicado por
la editorial Urano. Igual que los erizos utilizan púas para defenderse, los
jóvenes pueden recurrir a un atuendo agresivo, a una conducta provocadora o a
una actitud vital de apatía total para ocultar su inseguridad y protegerse de los
miedos que no saben cómo enfrentar. Los dos autores de este libro juegan a
presentar al adolescente como un erizo y desarrollan sus ideas a partir de tres
reglas básicas de acercamiento:
Regla 1. No use guantes. Deje que se familiarice con
su presencia. Esta norma significa mejorar la comunicación entre padres e hijos
derribando muros, descubriendo las necesidades no expresadas, pasando tiempo
juntos y manteniendo límites con firmeza.
Regla 2. Tómese su tiempo. Deje que se relaje.
Si se hace una bola y saca las púas, mantenga la calma y sea paciente. Se trata
de hablar con él de lo que significa hacerse mayor, de ayudarle a enfrentarse a
sus miedos y de demostrarle que de los fracasos también se aprende.
Regla 3. Con ambas manos, levántelo por la barriga, por
ahí no hay púas. Déjelo que le explore y vaya ganando confianza en su
entorno y en sí mismo. La autoestima, los hábitos saludables y las relaciones
sociales son las tres variables clave que se desarrollan en esta tercera parte.
A partir de aquí, mucha paciencia y mucho amor
incondicional. Eso sí, no hay reglas infalibles: al igual que no hay dos erizos
iguales, no hay dos adolescentes iguales.
1.
Claves
para conectar con un adolescente
1. Dedícale tiempo. Hay que buscar momentos para
interactuar, compartir tareas cotidianas, charlas, aficiones... y mostrar
interés por sus preocupaciones o miedos.
2. Quiérelo y díselo. Aunque parezca que se va a reír
de ti, incluso aunque lo haga, díselo sin cortarte: «Te quiero muchísimo», «Me
encanta cómo eres», «Que sepas que siempre te apoyaré en todo lo que
necesites».
3. Abrázalo, bésalo. El contacto físico es una
necesidad básica para el ser humano a lo largo de toda la vida, no solo en la
infancia. Así que no dejes de darle mimos porque mida más que tú. Eso sí, no
hace falta hacerlo delante de todos sus amigos.
4. Escucha lo que siente y piensa. Muestra interés
por lo que te cuenta, mírale a los ojos, respóndele. No lo juzgues demasiado
rápido: deja que exprese sus emociones y que se sienta libre para contar lo que
le apetezca.
5. Practica la empatía. Nadie mejor que tú conoce a
tu hijo. Aprende a leer las claves emocionales de sus diferentes estados de
ánimo y ayúdalo a expresar cómo se siente. Enfado, rabia, frustración, miedo,
alegría, excitación... Todas las emociones tienen su sitio.
6. Sé firme con los límites. Fortalecer el vínculo
afectivo y mostrarse comprensivo no significa ser blando ni permisivo con los
límites educativos. Al revés, estas líneas invisibles los orientan sobre cómo
deben comportarse y les ofrecen la seguridad que necesitan para crecer en un
ambiente de ternura y firmeza.







